“MAS AL PRINCIPIO NO FUE ASÍ” (Mateo 19:8)
5 Julio 2009 at 4:28 pm | In Al principio no fue así | Leave a CommentTags: divorcio, en el pricipio, matrimonio, pareja
NOTA AL LECTOR: Este artículo intenta ser la otra cara del ya publicado “Divorcio y nuevas nupcias”. Allí hacíamos un alegato al derecho de interrumpir el contrato del matrimonio cuando los contrayentes, por propia voluntad y deseo, lo decidiesen.
PREÁMBULO
Antes de entrar en el tema que nos ocupa, debemos considerar cuatro aspectos importantes:
Primero, los once primeros capítulos del libro de Génesis son una visión teológica (religiosa) de la existencia humana y no pretenden convertirse en un manual de antropología. No obstante, desde este punto de vista religioso, la idea del “principio” al cual Jesús se remite va más allá de la mera institución del matrimonio. Éste, en cualquier caso, sería una parte del todo. Ese “principio” nos remite a un estadio de la historia humana de la cual no existen datos históricos ni conciencia objetiva de cómo fue. Ahora bien, cualquiera que fuera aquel principio, el hagiógrafo de uno de los diferentes relatos de los orígenes de Génesis concluye parcialmente con la significativa frase: “y vio Dios que era bueno” (Génesis 1:10, 12, 18, 21, 25 y 31); es decir, evoca una época dorada de aquella prístina existencia del ser humano. En cualquier caso, el material de estos primeros capítulos de Génesis pertenecería a la prehistoria, y el propósito del hagiógrafo parece que es enlazar la utopía “del principio” con la utopía “del final”, la escatología.
Génesis 3, como introducción teológica a la historia de la salvación (eje de toda la historia bíblica), nos sugiere que hubo un germen de sociedad perfecta en buena relación con el Creador y con el prójimo, antes de la caída. En el hábitat perteneciente a aquel “principio”, antes de la caída, no existían la muerte, la enfermedad, el sufrimiento, el odio, las intrigas, etc., elementos que caracterizarían al mundo posterior, según exponen los capítulos siguientes al 3 de Génesis. Y como resultado de la Restauración de todas las cosas (Hechos 3:20-21; Romanos 8:19-23), la existencia humana volverá a ser un día como fue al principio: “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Apocalipsis 21:3-4).
Segundo, derivado de lo expuesto más arriba debemos distinguir entre la historia antropológica y la historia religiosa. La historia bíblica pertenece más a esta última que a la primera. Obviamente, la historia bíblica trata de la historia de la humanidad y, por lo tanto, del ser humano desde sus albores. Pero sus relatos están tachonados de eventos vistos e interpretados desde una óptica y propósitos religiosos y teológicos más que históricos, al menos como hoy se entiende la historiografía. Es decir, el propósito teológico de los relatos transciende, a veces, a la propia historia (véase, por ejemplo, la introducción del libro de Job [Job 1-2]).
Tercero, la organización social, la ilustración y la capacidad de estructurar pensamientos sofisticados (filosóficos) del ser humano, forman parte de un desarrollo cultural progresivo en la historia del hombre. La organización de la sociedad, cuyo exponente más significativo es la institución de la familia, tiene su propia historia. La sociedad y la familia que hallamos en la historia bíblica son parciales y circunstanciales de una época concreta y de un lugar determinado, de signo patriarcal. Partiendo del enfoque de Génesis (donde los anacronismos antropológicos son evidentes), y respecto a la naturaleza de la institución matrimonial, tenemos que aceptar que las primeras generaciones fueron el fruto de uniones incestuosas: ¿quién pudo ser la “esposa” de Caín, sino una hermana suya? ¿Y quiénes pudieron ser los cónyuges de los hijos e hijas de los hijos e hijas de Adán y Eva? (Génesis 4:17).
La realidad de la dilatada historia del hombre se pierde en la noche de los tiempos. El conocimiento más aproximado que tenemos de esta historia procede de los estudios antropológicos basados en los hallazgos arqueológicos. Aquí, la teología debe ser lo suficientemente humilde como para aceptar las evidencias que nos muestren los hechos.
Cuarto, el planteamiento de Jesús frente a los fariseos tenía un soporte simplemente teológico. En las discusiones rabínicas en la época de Jesús no cabía mezclar teología y antropología. Se partía de un mismo postulado teológico: Dios es el Creador y de él deriva la institución del matrimonio.
Ni las discusiones rabínicas emprendidas por los fariseos, ni la respuesta de Jesús niegan la amplia diversidad sociológica de la institución del matrimonio a lo largo de los siglos y en los distintos modelos culturales. Por ejemplo, en la escolástica rabínica de la época de Jesús no se cuestionaba la legitimidad de la poligamia. Tampoco Jesús lo hizo. La frase: “dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne”, enfatiza la naturaleza antropológica de la unión marital más que la institución de la monogamia. El tema de discusión entre Jesús y los fariseos es el “repudio” de la mujer. Y el marco social en que se producía dicho repudio era la poligamia . Jesús no discute el marco social (la poligamia), sino las causas que legitimaban el repudio por parte del hombre en dicho marco social.
Todo lo dicho hasta aquí, debe servirnos de referente para enfocar la advertencia que Jesús introdujo en la discusión con los fariseos: “al principio no fue así”.
En lo que a la pareja se refiere, hemos querido compendiar este “principio” en cuatro aspectos: a) La necesidad del otro en la pareja; b) La armonía de la pareja; c) Los hijos como fruto del amor de la pareja y d) La sexualidad de la pareja.
A. LA NECESIDAD DEL OTRO EN LA PAREJA
“No es bueno que el hombre esté solo” (Génesis 2:18)
Cualquiera que haya sido el devenir del ser humano, la antropología bíblica desarrolló este axioma universal y atemporal entorno a la institución más antigua de la humanidad: la pareja, varón y hembra, como el epicentro del desarrollo generacional. Pero la convivencia en pareja viene impuesta no sólo por la capacidad de procrear, sino por otros factores vitales: emocional, psicológico y social.
La convivencia en pareja (el matrimonio) potencia todas las expectativas de vida, tanto para el hombre como para la mujer. Como anécdota, según las estadísticas, el hombre afrenta peor la soledad que la mujer, cualquiera que sea la causa. En los casos de suicidios, aumentan considerablemente entre las personas solteras, viudas o divorciadas, y son más numerosos entre los hombres.
En estudios realizados en EE.UU. durante los años 1979 a 1989, se estimó el efecto del estado marital en la vida de los cónyuges, con ajustes por las otras variables como edad, sexo, raza, educación, ingresos y región de residencia. En toda la muestra, se encontraron mayores tasas de suicidio en personas divorciadas que casadas. Cuando los datos fueron estratificados por sexo, se observó que el riesgo de suicidio entre hombres divorciados era cerca del doble que en hombres que continuaban casados. Entre mujeres, sin embargo, no había, estadísticamente, diferencia significativa por las categorías de estado marital.
Los datos en España, en el año 2001, muestran que de cada 100.000 hombres casados, se suicidaron 6,5. Pero esta cifra se elevó a 38 en el caso de los separados o divorciados. No obstante, estas cifras bajan considerablemente entre las mujeres para quienes los datos respectivos son 2 y 6.
La cuestión es que nos necesitamos mutuamente, hombres y mujeres. No estamos creados ni preparados para vivir solos. El divorcio, cualquier divorcio, pone en evidencia que algo dramáticamente no funciona bien en la pareja; es decir, las parejas no se divorcian por un simple capricho. Quizás se casaron por capricho, pero esto es otra cosa (No obstante, sabemos de ese “mundillo” en el cual el vínculo del matrimonio está asociado a intereses de toda índole y el divorcio, si no pactado, sí previsto de antemano). La sentencia bíblica es una verdad tanto antropológica como psicológica y afectiva. La convivencia en pareja tiene como andamiaje de intereses un proyecto de vida en común, en el cual ellos mismos son materia prima. Uno es el complemento del otro. En dicho proyecto está previsto hacerse felices el uno al otro, en todos los planos de la existencia humana. Y, a la vez, procurar la felicidad dentro de su entorno inmediato.
El relato bíblico es convincente: “No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él” (Génesis 2:18). Poner énfasis en el género gramatical carece de significado teológico. Hubiera ocurrido lo mismo al contrario: no es bueno que la mujer esté sola. En definitiva, el celibato no halla apoyo teológico en este texto, al contrario, lo contradice salvo excepciones. La soledad solamente es buena cuando es deseada y buscada, salvo cuando esta búsqueda obedece a razones patológicas. Impuesta es el peor castigo que puede caer sobre una persona, hombre o mujer (e incluso sobre animales).
Solo con nuestra imaginación podemos vislumbrar la calidad ideal de vida entre varón y hembra en aquel “principio” como pareja. Antes que asomara cualquier atisbo de egoísmo, el otro sería la mayor complacencia de deseo y autorrealización personal, cada día, cada momento.
B. LA ARMONÍA EN LA PAREJA
¡Cuán delicioso es habitar juntos en armonía! (Salmo 133)
El texto en cuestión completo reza así: “¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!”. El salmista se congratula de esta bendición en el contexto de la fraternidad religiosa, pero dicha bendición se derrama sobre cualquier contexto donde las personas tengan que convivir juntas, y no hay más proximidad e intimidad que en el contexto de la convivencia conyugal.
El paraíso bíblico, como hábitat prístino de la primera generación, nos sugiere esta armonía existencial, raíz de la mayor bendición de la raza humana. Cuando a la vida le excluimos la alienación inherente que arrastra el ser humano, y con ella la frustración, el miedo, el sufrimiento, el dolor, la muerte, etc., brilla por sí misma la felicidad por antonomasia, la utopía, el “principio”.
Felicidad y armonía debieron ser nombres sinónimos. La convivencia está garantizada cuando se desarrolla en medio de esa armonía y esa felicidad. El hogar reproduce lo que era el paraíso en la medida en que los progenitores sean capaces de recrear esa armonía. El regalo más grande que pueden recibir los hijos de sus padres es el amor que éstos se profesen recíprocamente y no sientan rubor de expresarlo ante ellos. Sobre todo, porque el niño o la niña percibirán que no sólo han sido fruto de ese amor, sino que ése es el amor con el cual son también amados. Este debió ser también el propósito de Dios al “principio”.
El salmista concluye su cántico diciendo que la convivencia en armonía es “deliciosa” porque “allí envía Jehová bendición y vida eterna”.
C. LOS HIJOS COMO FRUTO DEL AMOR EN LA PAREJA
“Herencia de Jehová son los hijos” (Salmos 127:3-5)
Las parejas actuales, porque disponen de los medios y la información necesaria, se permiten el lujo de tener sólo los hijos que desean y cuando los desean. Pueden planificar de antemano la familia que quieren formar. No hay dudas de que los factores económicos, laborales y, en algunos casos, familiares, condicionan el tipo de familia deseada; pero en cualquier caso, los hijos son deseados y, a veces, buscados con ansiedad y lágrimas. El episodio de Raquel no pertenece al pasado, es actual y su exclamación evocable: “Dame hijos, o si no, me muero” (Génesis 30:1). Cada día son más los hijos adoptados o engendrados por medios artificiales en laboratorios porque la pareja —uno u otro, o los dos—, no puede engendrar hijos de forma natural. La pareja no se resigna a vivir sin hijos a quienes abrazar y amar. Sin embargo, también es cierto que la sociedad en la que vivimos, el materialismo y el consumismo al que está sujeta, condiciona poderosamente el número de hijos en el seno de las familias pertenecientes al mundo llamado desarrollado.
El texto bíblico evoca el orgullo que sienten los padres cuando están rodeados de sus hijos ya crecidos, especialmente por el sentimiento de seguridad que otorgan ante potenciales agresiones de extraños: “no será avergonzado cuando hablare con los enemigos en la puerta” (Salmos 127:5).
Desde una perspectiva bíblica, el hogar carece de sentido sin la prole que el amor mutuo de los esposos provea. Desde algunas disciplinas académicas se dice que el impulso sexual obedece al deseo instintivo de reproducirse, de extenderse en los hijos. Pero cualquiera que sea el motor que nos impulsa a amar y a procrear, los hijos reportan una felicidad incomparable y ajena a intereses materiales. Ciertamente, el salmista hablaba por experiencia propia y concluyó que los hijos eran una herencia preciosa de Dios.
O sea, “al principio”, la procreación era también un fin en el proyecto de vida de la pareja y una expresión de las bendiciones del Creador. Es más, la procreación era una parte importante en el proyecto creativo delegado de Dios: “Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla” (Génesis 1:28) .
D. LA SEXUALIDAD EN LA PAREJA
“Porque mejores son tus amores que el vino” (Cantares 1:2).
El poema erótico de Cantar de los Cantares parece una evocación de la vida sentimental y sensual del “principio”. El autor del poema, entre el erotismo y el romanticismo, sienta cátedra con una frase verdaderamente bella, sobre la experiencia del amor entre dos personas: “porque mejores son tus amores que el vino”. Una línea más arriba ya había escrito: “¡Ah, si me besaras con besos de tu boca!” El libro de Cantares es una exaltación del amor sensual, erótico, pasional… La descripción de los atributos anatómicos de los amantes (Cantares 4:1-5; 5:10-16), que implica las caricias físicas y el contacto somático, muestra la naturalidad con que el autor aborda el tema del sexo. Al “principio” no era deshonrosa la desnudez: “Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban” (Génesis 2:25). ¿Hubiera sido así por generaciones de no producirse la caída? Fue después de la caída cuando sintieron miedo “porque estaban desnudos” (Génesis 3:10); no obstante, en el contexto de Génesis, esta frase tiene un alcance superior, más allá de la simple desnudez física.
El deseo de estar cerca de la persona amada -una constante de los personajes del poema-, define cuál debe ser la naturaleza de la unión de la pareja. Es verdad que Cantares es un cántico al “eros”, al amor erótico, como se desprende del poema mismo (ver 4:1-5), pero también es un cántico a la prolongación de ese amor: “Me robaste el corazón, hermana, esposa mía; me robaste el corazón con una mirada tuya, con una gargantilla de tu cuello” (Cantares 4:9). Este debió ser el propósito de Dios “en el principio”, antes que los habitantes del Edén se reprocharan y echaran sus culpas uno sobre el otro (Génesis 3:12-13).
El amor del “principio” fue como cantó el autor de Cantares:
Ponme como un sello sobre tu corazón,
como una marca sobre tu brazo;
porque fuerte como la muerte es el amor
y duros como el seol los celos.
Sus brasas son brasas de fuego,
potente llama.
Las muchas aguas no podrán apagar el amor
ni lo ahogarán los ríos.
Y si un hombre ofreciera
todos los bienes de su casa
a cambio del amor,
de cierto sería despreciado.
(Cantares 8:6-7).
CONCLUSIÓN
¡Qué duda cabe que todo esto es un hermoso ideal cuya plenitud siempre nos queda lejos! En el mejor de los casos, la realidad será una aproximación a este ideal. Aun así, aun cuando sea un ideal, no debemos relegarlo a la lista de lo imposible. Al contrario, es una meta, como otras tantas en la vida, que nos invita a poner todo nuestro esfuerzo, toda nuestra autodisciplina y todo nuestro empeño para llegar lo más cerca posible a ella. Cualquier empresa que queramos lograr nos exigirá tesón y sacrificios. La vida de pareja es la más grande empresa, porque es el taller donde forjaremos no sólo nuestro carácter sino también el carácter de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos.
Aun así, es la calidad de vida de la pareja la que habilita o deshabilita su convivencia matrimonial, pues los hijos, más que padres y madres biológicos, lo que necesitan para su crecimiento y formación son personas en su entorno que les amen y que ese amor sea una realidad que ellos puedan percibir cada día, cada momento…
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